Extractos de libros

En esta sección iremos publicando – con la autorización del autor – extractos de libros relacionados con el método Montessori.

LIBRO “MONTESSORI MADNESS”, DE TREVOR EISSLER

“Montessori madness sigue a una familia con niños pequeños en su viaje de determinación, descubrimiento y deleite. Aprenda el quién, qué, dónde, por qué y cómo de la educación Montessori”.

Capítulo 5: Un hogar. Un colegio.

montessori madnessRecuerdo haber puesto pie en esa sala Montessori. Me senté en una silla – una silla muy, muy pequeña- cerca de la puerta. Recién había entrado en el living de alguien. ¿O era un laboratorio de ciencias? ¿O tal vez un edificio de oficinas? A primera vista no podía captar exactamente lo que era diferente, pero no se parecía a ninguna sala de clases que hubiera visto antes. También se sentía diferente. Pacífica. Con sentido.

Lo que no había me impactó tanto como lo que había. No había filas de escritorios ordenados. No había un gran pizarrón de lado a lado del muro. No había un escritorio de la profesora al frente de la clase. En realidad no había escritorio de la profesora… ¡no había profesora!

Y luego la encontré. Estaba sentada en una silla muy pequeña a un lado de la sala, susurrando con dos estudiantes. No había interrumpido su conversación con ellos cuando entré, así que me acomodé en la silla y empecé a observar lo que sí había. Repisas bajas dispuestas de manera tal que creaban distintas áreas dentro del salón. Las repisas no estaban llenas de libros. Algunas lo estaban, pero el resto exhibía un impresionante surtido de bloques, jarros, cuentas, lápices, papeles, letras de lija, tela, pinturas, números de madera, mapas, globos terráqueos, banderas, frascos con insectos, acuarios con peces, plantas, campanas, tiza, arreglos florales y varios objetos que no podía identificar. ¡Todo estaba en perfecto orden! Todo era pequeño. Las sillas eran del tamaño de los niños. Los escritorios eran del tamaño de los niños. Algunas mesas bajas agraciaban los espacios abiertos. Toallas para las manos, interruptores, cortinas, manillas de puertas… todo estaba al alcance del niño más pequeño, así como también lo estaba la repisa más alta.

La sala era cuadrada, con grandes ventanas por tres de sus caras, que inundaban el salón con luz natural. Una puerta daba a un jardín de flores, una huerta y un área de pasto rodeada de algunos árboles. El muro que no tenía ventanas tenía una puerta para cada uno de los dos baños, y una tercera puerta conectaba a una cocina compartida con el salón vecino. En otra esquina, tres lavamanos con grandes palanganas y pisitos. ¡Tres lavamanos! (…)

En esta clase había 30 niños, pero no conté más de diez escritorios. Recordé las enfurecidas protestas de padres y profesores de colegios con pocos recursos, rogando por más dinero porque algunos alumnos ni siquiera tenían un escritorio. Aquí no había suficientes escritorios a propósito. Miré a mi izquierda. Ahí había un niño acostado en el suelo leyendo un libro. (Cuando yo era niño te mandaban a la oficina del director por hacer algo así. Aquí, lo alentaban). Frente a mi, dos niños agachados en el suelo ordenaban letras recortadas para formar palabras sobre un tablón. Otros alumnos sacaban objetos de las repisas para usarlos, o los devolvían a su sitio luego de terminar. Uno o dos estaban en los lavamanos o en los baños. ¡Incluso vi a un niño ponerse de pie, caminar a la puerta trasera, abrirla, y salir al jardín! La profesora ni siquiera pestañeó. En varios lugares alrededor de la sala, grupos de dos o tres niños se apiñaban discutiendo esto o lo otro, o trabajando en algo interesante.

Me quedé sin aliento. A mi derecha, una niña de no más de cuatro años estaba sentada en una silla, sola, ¡blandiendo una aguja! Luego me di cuenta de que no la estaba blandiendo. Estaba cosiendo. Y estaba en un trance en ese solitario trabajo. Al otro lado del salón vi a dos niños con un cuchillo. Pronto me di cuenta de que estos dos niños, de poco más de tres años, estaban turnándose para usar un cuchillo de mantequilla. Estaban cortando zanahorias y apios, los que luego ofrecerían a sus compañeros como colación.

Todo aquí era real. Los floreros no eran de plástico, eran de vidrio. Incluso los vasos eran de vidrio. Los jarros eran de loza, al igual que los platos.

Los ires y venires de los niños eran remarcables. Se veían tan seguros, confiados y decididos. Nadie les estaba diciendo adónde ir o qué hacer. Era difícil creer que estaba observando una sala de clases de niños entre tres y seis años. Si un niño elegía hacer su trabajo en el suelo, primero sacaba una pequeña alfombra enrollada de un canasto donde habían varias. La traía a su ubicación y meticulosamente la desenrollaba. Luego iba a buscar el trabajo seleccionado (o “material”, que es el nombre que reciben los distintos trabajos) y lo traía a la alfombra en el suelo. Cuando decidía que ya había terminado, ponía el trabajo de vuelta en su lugar y enrollaba la alfombra, poniéndola en el canasto. Cuando algo se derramaba, o había una suciedad en el suelo, un niño cualquiera elegía sacar la escoba y la pala de su sitio, o tal vez una toalla, y simplemente lo limpiaba sin esperar a que nadie le diera la orden. Casi me tuve que pellizcar.

El nivel de ruido también era notable. Recuerdo dos niveles de sonido de cuando estaba en el colegio: muy ruidoso y muy silencioso. Cuando la profesora se daba vuelta o salía de la sala, comenzaba el caos. En cuanto se daba vuelta o volvía, gritaba ¡silencio! ¡ahora!, y había un aterrado mutismo. El ruido iba de un extremo a otro: ruidoso, silencioso, ruidoso, silencioso… acentuado por el esporádico grito de la profesora. En este salón en el que estaba ahora, había un zumbido. No era ni ruidoso ni silencioso. Creo que por eso las nociones de “living”, “laboratorio” y “edificio de oficinas” se me vinieron a la mente cuando entré. Todos estos son lugares donde pueden haber actividad y comunicación sin necesariamente ser distractoras. Desde luego que aquí había actividad, como he descrito. La comunicación era incentivada, no reprimida. Se esperaba que los niños trabajaran con un amigo o pidieran ayuda, u ofrecieran ayuda, o hablaran con la profesora, o leyeran en voz alta o ensoñaran en voz alta. Y al mismo tiempo, muchos de los estudiantes trabajaban solos y en silencio, sin parecer distraídos por el zumbido y el flujo de actividad a su alrededor. Suaves notas de música clásica flotaban por el salón desde un reproductor de CDs. Mientras me sentaba ahí, vi a un niño tocar un juego de campanas antes de seguir con otra cosa.

La profesora era como un gran maestro de ajedrez. Un gran maestro es un jugador de elite de entre muchos; tan consumado que puede jugar cinco e incluso diez juegos de ajedrez en simultáneo. Pasean en una habitación llena de mesas, cada una con un tablero y un contrincante determinado; miran cada tablero, hacen su movimiento, y caminan a la próxima mesa. Esta profesora me recordaba de este tipo de demostración. Tenía agudas habilidades de observación y rápido análisis. Se deslizaba por el salón asintiendo por aquí, susurrando por allá, una mirada, una sugerencia. Luego se sentaba en una silla y observaba el salón, tomando notas. En los treinta minutos que estuve para esa observación inicial, la profesora debe haber “enseñado” (en el sentido tradicional) durante apenas diez minutos. Estas eran lecciones espontáneas, dadas a uno o dos niños: ayuda para un niño que estaba deletreando, o una demostración de cómo usar la pala y la escoba a un niño más pequeño.

Cinco o seis niños vinieron a mi en distintos momentos. Algunos me miraron brevemente y luego continuaron con su trabajo. Un niño me preguntó mi nombre. Otra me preguntó por qué había ido a su salón. Un niño me vino a mostrar su trabajo. Otra niña me mostró como doblaba unas servilletas y las ponía en un canasto. Sin embargo, la mayoría del tiempo estuve solo. Estos niños estaban realmente enfocados en lo que estaban haciendo.

Cuando pasaron los treinta minutos, discretamente me levanté y salí de la sala, sintiéndome relajado y refrescado. Me encontré con mi mujer en la oficina del colegio y le pregunté, estupefacto, “¿Qué es lo que acaba de suceder”?.

Capítulo 6: Por qué estoy convencido del método

El modelo industrial de educación es el problema. Pero reconocer un problema no sirve si no se propone una solución. Estoy convencido de que la educación Montessori es una solución al problema.

Mi entusiasmo no se basa en estudios o comparaciones de resultados de pruebas que enfrenten a alumnos de escuelas tradicionales y alumnos Montessori para ver qué método es más efectivo (…).

Los padres me preguntan, como yo mismo lo hice en su momento, cómo sé qué método de educación es más efectivo. Si puse a mis hijos en un colegio Montessori, ¿cómo sabré qué notas tendrían? La respuesta: no lo sabes, y no lo sabrás nunca. Si esto es algo que simplemente no puedes aceptar, si necesitas a un experto que le asigne un valor numérico, una nota o un porcentaje a tu hijo para que puedas saber si está floreciendo académica, física y emocionalmente; entonces Montessori no es para ti. La filosofía Montessori se hace preguntas diferentes acerca de los niños, más allá de las notas. Preguntarse cuáles son las notas o el ranking de los estudiantes Montessori no tiene sentido. Es tan absurdo como preguntar: “¿Qué nota tiene tu pareja en tu matrimonio?, ¿Cómo promediaron los sermones en tu iglesia este año?”. ¿Necesitas a otra persona que te diga si tu pareja es atractiva, amorosa, ayudadora, floja, buena cocinera, buena jardinera o una ruidosa roncadora? ¿Necesitas ver la libreta de notas del sacerdote de tu iglesia para determinar la profundidad de tus creencias, la sabiduría de sus enseñanzas o la solidez de sus consejos? (…).

En los colegios Montessori, el niño es tratado como una persona integral, lo que significa que las preguntas formuladas son muy similares a las preguntas que uno podría hacerle a un adulto respetado. Evaluamos a una persona tomando en cuenta su situación de vida, como sus interacciones sociales, su carrera o vida familiar. “¿Es feliz? ¿Está aprendiendo? ¿Es independiente? ¿Es sociable? ¿Es capaz de concentrarse? ¿Su curiosidad está siendo nutrida?”. Estas preguntas pueden ser contestadas, no por una prueba estandarizada, pero por ustedes mismos. La guía Montessori -cuyo trabajo y formación es observar a los niños durante el día, no sólo recitar clases o poner notas-, es de gran ayuda.

El conocimiento de destrezas y hechos específicos es esencial. Pero si quieres saber si tu hijo se sabe las tablas de multiplicar, pregúntale. Si quieres saber si sabe la importancia del Tratado de París, pregúntale. Te sorprenderá con la extensión de su conocimiento. Conocimiento construido precisamente porque ha disfrutado aprendiendo acerca del mundo que lo rodea. No ha sido sometido al modelo industrial. Pero, ¿cómo está aprendiendo esta información? ¿Por qué la está aprendiendo?

En un salón Montessori los niños están sentando los cimientos para una vida entera de realización personal. Están aprendiendo a elegir un proyecto, trabajar en él hasta completarlo y cosechar la recompensa interior que viene con el nuevo conocimiento adquirido y con el trabajo bien hecho. No están trabajando por un sistema político o para que el país o los padres se vean bien; ni para incrementar el producto interno bruto, competir con China o tener una buena libreta de notas. Los niños están aprendiendo a controlar la totalidad de los procesos creativos, de planificación, productivos y evaluativos de principio a fin. Están aprendiendo a ser adictos a la realización personal.

De hecho, la palabra “adicción” es una analogía adecuada para describir lo que sucede en el cerebro. Durante las actividades placenteras – como alcanzar metas o hacer descubrimientos-, el cerebro libera dopamina y otros químicos. El entusiasmo al descubrir algo afecta la calidad de la retención. Cuando está acompañado de estos químicos, se almacena de forma más profunda y es más fácil de recordar que otros datos. A veces, el conocimiento que creemos aprender entra por un oído y sale por el otro. Cuando estas emociones positivas están conectadas al proceso de aprendizaje, el conocimiento se enraíza.

Tengo un ejemplo de mi propia vida académica. Tomé una clase de cálculo en mi último año de colegio. Cuando el año escolar comenzó, supe que había sido aceptado en la universidad y ya no importaba qué notas me sacara de ahora en adelante. Mi falta de interés en las buenas notas hizo que mis ganas de estudiar para las pruebas y hacer las tareas cayeran en picada. En mi última libreta de notas del año, mi nota en cálculo fue una F (reprobado). Partí a la universidad al año siguiente entusiasmado nuevamente con la idea de sacarme buenas notas, convencido de que me ayudarían a tener una mejor carrera en el futuro. Tomé otra clase de cálculo, y esta vez obtuve la mejor nota de la clase. Pero ese no es el final de la historia. Había un problema. Luego de haber reprobado una clase y haber tenido la mejor nota en la otra; todavía no sabía cuáles eran los fundamentos del cálculo, o explicar lo que era. Con el paso del tiempo, no recordaba nada de ello. Cuando me di cuenta de aquello, me fastidió durante años.

Cuando tenía veintitantos tomé un libro de cálculo y decidí hojearlo y tratar de entender de qué se trataba y por qué no podía recordar nada. Cuando llevaba algunas páginas sentí que mi interés despertaba, y volví a leer y releer esas páginas una y otra vez. Estaba descubriendo interesantes detalles acerca de los números, las curvas, derivadas e integrales que hace años habían entrado por un oído y salido por el otro, deteniéndose en mi cerebro el tiempo justo para ser regurgitadas en una prueba. ¡Esto era realmente entretenido! Se transformó en un pequeño hobby durante algunos meses. Nadie estaba supervisándome ni pidiéndome que entregara la tarea, no tuve que hacer ninguna prueba ni examen. Simplemente me sentaba a pensar, escribía algunas letras y números en un pedazo de papel y volvía a leer las partes del libro que me gustaban. Estaba experimentado un “efecto bola de nieve”: la sensación de “descubrir” algo por mí mismo era un deleite à esa sensación positiva alentaba mi interés à el interés más profundo se alineaba con las sensaciones positivas y hacían que aprendiera de forma más profunda à mientras más descubría, más aprendía… y el ciclo se repetía.

El “efecto bola de nieve” de la realización personal es un regalo para siempre. Los niños en los colegios Montessori experimentan este proceso cada día. El diseño del método educativo refuerza el lazo natural entre las sensaciones positivas y el aprendizaje.

Son cuatro las razones que me convencieron acerca del método Montessori. Primero, quedé impresionado por la madurez intelectual y social de los alumnos que vi durante la observación. Estaban más avanzados para su edad que cualquier otro grupo de niños que hubiera visto. Irradiaban las cualidades que esperaba que mis niños pudieran desarrollar algún día.

Segundo, mi apoyo descansa en la fe. No es una fe religiosa. Más bien es la aceptación de que mis niños están creciendo y progresando de acuerdo a su genética y a la calidad de su entorno: cumplirán cada hito cuando estén listos para ello. Mi mujer y yo comenzamos nuestro viaje hacia Montessori con el nacimiento de nuestro primer hijo (que fue prematuro), y nuestra compulsiva preocupación con el cumplimiento de hitos, y tablas de peso y altura, tratando de forzarlo a crecer y desarrollarse más rápido. Desde que supimos acerca de la filosofía de María Montessori y enrolamos a nuestros hijos en el colegio, aprendimos a observar su desarrollo, a dejar de molestar y darles espacio para desarrollarse y concentrarnos en darles un ambiente que los ayude a elegir su camino. Nos hemos deleitado con su progreso, y no tenemos ni una sola nota que lo demuestre.

Tercero, me acuerdo de mi propio proceso educativo. Mirando hacia atrás, sólo puedo desear que hubiera sido distinto, más parecido a mi casa. Estoy convencido de que yo aprendía mucho más en mi casa que en el colegio, y con mucha más alegría, desde luego. Mirando hacia atrás, estoy seguro de que leer libros, diarios y revistas; hacer paseos, conversar en la mesa después de comer, hacerles preguntas a mis padres, trabajar en el garaje, y hacer las tareas del hogar son la principal fuente de cualquier conocimiento que hoy pueda tener. Simplemente no me acuerdo de haber aprendido cosas muy valiosas en el colegio. Mi vida en mi casa se sentía diferente a mi vida en el colegio: más profunda, más real, más amorosa. Montessori se siente como casa.

Cuarto, a través del estudio de la filosofía Montessori, y con la retroalimentación diaria que recibo al observar e interactuar con mis propios hijos, estoy convencido de que este método es más efectivo que la escuela tradicional.

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